Loquo por un piso en Barcelona

“Soy estudiante de máster, vengo de Rumania y busco habitación en Barcelona.” Así sonaba mi anuncio en internet a principios de septiembre 2011 cuando llegue a Barcelona para estudiar en la Universidad Politécnica de Cataluña.

Como la gente en Rumania gana menos dinero que la gente aquí y mi familia no hace excepción, buscaba algo económico. Fue difícil primero porque mi presupuesto era limitado y segundo porque mi país de origen, que parece no tener buena fama en la tierra de Cervantes. Con todo esto, logre encontrar una habitación en L’Hospitalet de Llobregat por 230 euros para el mes de septiembre. La gente me envió fotos, la habitación se veía pequeña, pero era exterior y limpia. A mi llegada a Barcelona tenía unos 30 kilos de equipaje y tuve que subir y bajar muchas calles hasta encontrar la Subur, numero 13. Vivian allí una pareja de peruanos y un argentino. Cuando vi la habitación me di cuenta que las fotos que me habían enviado fueron tomadas hace unos cinco años y que los muebles y los paredes son mucho peores que de lo que parecían. Pero vine a triunfar, a ser una estudiante ejemplar y esto no me va detener.

Los días pasaban y empecé a descubrir cosas como el calentador que se arrancaba muy difícil, mi llave que a veces se quedaba pillada en la puerta y no podía entrar en casa si no había nadie para abrirme. Una noche, me acuerdo que llovió y las puertas de la terraza estaban abiertas y cuando fui a cerrarlas vi que era imposible, más que nada porque no tenían cerradura, así que puse el sofá en medio. El frio seguía entrando porque una de las puertas no tenia mas cristal y en su lugar habían puesto un celofán.

Un día, me acuerdo que me lave ropa y la puse a secar en el salón-cocina y mi compañero argentino se puso a cocinar sin avisarme antes. Cuando me di cuenta, fui por el secador y lo mude en mi habitación, pero era demasiado tarde y toda mi ropa ya olía a chuleta de cerdo a la plancha.

Otro día, me paso que tenía que ir a una entrevista por unas prácticas y me levante un poco más temprano y el mismo argentino estaba en la ducha. Cuando salió, no os imagináis como se veía la bañera. Estaba toda negra de pelo. Podría haber pensado que se depilo o algo así, pero estaba igual de mono como antes.

Me habían dicho que el ambiente es independiente, pero era el colmo. Los peruanos no salían de la habitación nunca y el argentino ni me saludaba. Se había enfadado conmigo desde que llegue porque me pregunto si vine a buscar trabajo de camarera y empecé a reír diciéndole que yo soy informática y que lo veo complicado, más que nada porque hay demasiada gente pidiendo trabajos donde no se requieren estudios. Luego me entere que el era camarero.

Los días se acercaban y a finales del mes me tenía que ir de esta casa, así que empecé a mirar pisos.

“Busco habitación doble para una pareja de estudiantes en Barcelona. Queremos gente limpia en el piso.”

No se aquí, pero en Rumania hay un dicho: “¡Ojo con lo que pides porque a lo mejor se cumple!”. Pues se cumplió. El próximo mes estaba con mi novio que había llegado desde Almería a pasar unos meses conmigo en Barcelona y habíamos alquilado una habitación en el piso de tres hermanos peruanos. El precio era 350 euros para dos personas. Estábamos compartiendo al principio solo con un chico argentino que era informático y viajero y con uno de los hermanos que estaba en el paro, pero al final lograron alquilar la tercera habitación a un chico de Extremadura, cantante de flamenco que vino a Barcelona para buscar a su amada novia catalana (la canción de Els Catarres, “Jennifer” seguro que fue inspirada de una historia como esta).

Pero ya me adelante un poco. Alfredo, el hermano peruano que vivió con nosotros sobre una semana, era exactamente lo que buscábamos: la persona más limpia y ordenada que había visto en mi vida. Tenía un pelo muy negro y denso, parecía de unos 45 anos, aunque solo tenía 34, era por causa de la cara que la tenía toda arrugada. Nunca nos quiso dar alguna respuesta cuando le pedía algo porque no podía tomar una decisión con su propia cabeza, tenía que preguntarles a sus hermanas que hacer. Al final me di cuenta que era mejor así, menos mal que se daba cuenta de su limitación intelectual. Cuando entramos en el piso nos quiso dar solo una llave a los dos y tuve que discutir con él para que al final tenga que hablar con sus hermanas porque él no veía la razón de tener yo una llave y mi novio otra teniendo en cuenta de que nuestros horarios nunca coincidían.

Durante toda la semana estuvo siempre preguntándonos cosas: “¿Has cocinado hoy? Que la estufa esta sucia.”, “¿Te has duchado esta mañana? ¡Mira que hay huellas de jabón en la bañera!”. Cuando nos toco limpiar el salón y me dijo que quiere que saquemos el sofá y limpiar por debajo y luego lo mismo con los muebles, pensé que estaba bromeando y empecé a reír, pero el hombre estaba hablando muy seriamente.

Menos mal que logro alquilar la ultima habitación disponible y se fue del piso. El nuevo chico era simpático, cantaba todo el tiempo, indiferente de lo que hacía. Tuvimos una convivencia muy buena entre los dos chicos, mi novio y yo. Todo hasta un día cuando estaba el argentino solo en casa y llego una de las hermanas sin avisar. Monto un escándalo tremendo porque no estaban los platos lavados y porque no habíamos limpiado el piso como ella quería. Así que le dijo que volverá en la noche y que es imprescindible hablar con los cuatro. Antes de que venga, nos pusimos a hacer una limpieza profunda de todo el piso. Cuando volvió con Alfredo, el hermano, tenía una lista con cosas que le molestaban y que no quería volver a ver en la casa. Su hermano se puso a revisar la cocina y el aseo. Pasaba el dedo por las muebles para ver si hay polvo, se ponía de cuclillas para ver si hay alguna huella en la encimera y miraba atentamente la bañera para asegurarse que no queda algún rastro de jabón. Al final, si hermana nos dijo que el piso esta mejor que por la mañana, pero el cristal de la campana está lleno de grasa y que las cosas, aunque están limpios, no están así como ellos los dejaron. También nos aviso que nos hará visitas sorpresa para asegurarse que el piso estará bien conservado.

Igual, que aunque ellos no vivían más allí, un día vino Alfredo, el hermano peruano, a mediodía. En la casa estaban solo mi novio y el chico cantante que hacían cada uno cosas en la cocina. Igual, Alfredo mientras que estaba criticando que esto y lo otro están sucios, se puso una pizza en el microondas y se enfado porque no tenía ningún vaso limpio para su zumo. Luego se sentó en la mesa y se puso a comer mirando la tele. Los chicos se quedaron flipando. No podían creer los cojones que tenía el tío para hacer algo así. Siempre me pregunte como hubiese sido alquilar el piso a una familia y venir a revisar si todo sigue limpio, hacerle inspecciones sorpresa y pasar de vez en cuando a cocinar y comer sin dar alguna explicación.

A finales de noviembre mi novio se tuvo que volver a su pueblo y yo no me podía permitir pagar sola la habitación así que mire otras opciones. Los dos chicos cuando vieron que volverá Alfredo, empezaron a pensar en irse también.

“Estudiante de la UPC busco habitación exterior y económica en piso compartido.” Así fue mi tercer anuncio. La primera persona que me llamo fue una chica de Marruecos que vivía con su esposo, también marroquí. Me dieron una buena impresión y me invitaron a comer unos pastelitos buenísimos, pero luego empezaron con: “¡No queremos jamón en el frigorífico! Y tampoco alcohol.”. No suelo tomar cerveza, ni comer cerdo, pero me pareció mal que me exijan lo que puedo poner o no en mi parte de la nevera, así que al final fue un no para ese piso. En poco tiempo un ecuatoriano me llamo y me conto de su piso: “es limpio, amplio, la habitación es exterior, tengo todas las comodidades, hay calefacción, ¡ven a verlo!”. Vivía con su madre, una señora pequeña, negrita, que siempre se ponía una sonrisa falsa. En el piso también había una pareja: el de Cuba y ella de República Dominicana. Al principio no llegue a un acuerdo con el hijo porque yo como entraba a vivir el día 10, estaba pensando en pagar menos del mes de diciembre, pero el hombre no fue de acuerdo. Al final le propuse de pagarle el mes completo, pero cuando me tenga que ir que sea el día 10 del mes. Le ha gustado la idea, así que me cambie de piso. De nuevo: “¡Ojo con lo que pides que a lo mejor se cumple!”. La habitación era exterior, pero les juro que no vi la luz del día por allí. Como la pudiese haber visto si entraba tanto frio por la ventana que prefería no levantar nunca la persiana. Había calefacción, pero me dijeron que se puede poner solo dos horas al día, luego lo ajustaron a una hora y luego a que todos los días es demasiado y no puede ser porque se gasta exageradamente. Por la noche tenia tanto frio que me tapaba con mi abrigo, me ponía cinco camisetas y dos pares de pantalones, de los cuales unos térmicos y seguía con frio. Tanto que me acostaba con el secador de pelo al lado para calentarme de vez en cuando. No pasaron más de cinco días desde que entre y me dijeron que a finales de diciembre tienen que dejar el piso porque la dueña los echa. Estaba enfadada. Yo me iba a pasar las Navidades en el pueblo de mi novio y a mi vuelta estaba en la calle. Aparte, les había pagado un mes entero para pasar diez días de frio increíble en la casa de esta gente. Cuando les reclame el dinero a los ecuatorianos me dijeron que ya no lo tienen y que lo sienten. Les amenace con ir a la policía y entonces la madre le dijo al hijo con cara de asco: “Mira a quien metes en la casa, Lucho.”, como si yo fuese la ultima chusma.

Una noche empecé a llorar de nervios hablando con mi madre por teléfono y luego la chica de República Dominicana vino a mi habitación a consolarme. Su esposo me regalo una fruta roja que se había traído de Cuba. Me dieron confianza y parecían buenas personas. Antes de irme contacte una conocida de mi madre de aquí y le deje la mayoría de mis cosas. Me decidí de dejar las que me sobraban después de la última noche a la pareja y a mi vuelta contactar con ellos para recuperarlas. Me fui de vacaciones sin saber donde dormiré a mi vuelta.

Tuve mucha suerte con una compañera rusa que tiene un piso alquilado y me dejo la llaves en el buzón y pude dormir en su casa. Ella se había ido también por las fiestas junto a su marido.

A mi vuelta empecé a mirar pisos, todos los que podía.

“Soy estudiante en la UPC. Busco urgentemente habitación en piso compartido. Quiero una habitación interior y caliente.” Este fue mi cuarto anuncio. Al final, me llamo una señora que ofrecía dos habitaciones en un piso justo al lado del Campus Nord. La señora es danesa y es dueña de un perro de estos grandes, blancos y con rizos que tienen más pinta de oveja. Había vivido antes con un perro y un gato, así que no me importo mucho la mascota. La habitación que me podía yo permitir(unos 300 euros) era muy pequeña, pero me decidí quedarme, considerando la distancia hasta la universidad y la estética de la señora que estaba en la planta baja, cosa que me hizo pensar que nadie la echara a la calle a finales del mes. En el piso también vivía un chico estudiante de Cataluña que me pareció muy simpático. Igual, se me olvido preguntar por internet y al final parece que no había, pero en ese momento ya no me importaba con tal de tener una habitación caliente en un piso compartido con gente normal. Aparte, ya estaba en la sesión de exámenes y me pasaban los días en la biblioteca.

De la pareja del piso anterior no volví a saber nada, igual que de mis cosas que deje con ellos pensando que son buena gente.

Una mañana me acuerdo que me levante y vi al perro tomando leche de un cuenco que use yo antes para poner unas mandarinas. Me dieron ganas de vomitar y cuando luego la señora lo lavo y lo puso a secarse con toda la vajilla que usamos nosotros le pregunte cómo es posible que haga eso y me dijo solo: “¡Esta limpio! ¿Que tiene?”. Luego flipe cuando le mezclo la comida al perro con el primer tenedor que pudo agarrar. Fui al primer chino y me compre cubiertos y platos porque ya no podía comer en casa. A medianas del segundo mes que iba a pasar allí, como no fue forma de alquilar la habitación que le quedaba, la mujer se decidió de mudarse el salón en la casa. Empezó la reforma en el piso y sus cosas estaban en todas partes. Al pobre chico catalán siempre lo explotaba para llevarle sus muebles y a mí me dijo un día con un tono imperativo: “Oye, ¡que te necesito para mover las estanterías!”. Yo con tal de que luego me deje en paz no le dije nada, le ayude. Como en la casa hay dos aseos dijo que uno lo va usar para su clientela y el otro para nosotros, pero no hubo forma de arreglarlo y al final su clientela tuvo que usar el nuestro.

Después de abrir la estética, por la casa empezaron a venir muchísimas personas desconocidas. Lo malo es que la sala de espera era el pasillo del frente de mi habitación, así que Pia, la mujer danesa, me dijo con muy buen rollo de que no quiere que pase por allí cuando ella tiene clientas porque estas no saben que la casa es en realidad una vivienda. Con todo esto, tendría que usar solo la cocina o el salón entre las 9:00 de la mañana y 21:00 de la noche de lunes a viernes y hasta las 14:00 los sábados.

Un día, cuando baje del portal del piso vi un chico que tenía pinta de estudiante que me miraba. En mi mente estaba pensando que seguro me envidia por vivir allí y resulto ser cierto porque nada mas al salir del portal, me pregunto si no conozco a alguien alquilando habitaciones por allí. Le dije que, si quiere, puede alquilar mi habitación que se quedara libre porque yo ya estoy harta de vivir allí, pero entre el perro y la estética, rápidamente cambio de opinión.

Mi anuncio de ahora es: “Estudiante en la UPC busco habitación en piso tranquilo, que tenga internet contratado y que no tenga mascotas.”. No vais a adivinar quien ha sido entre los primeros en contestarme. Fue Pia, la mujer danesa que me ofreció mi habitación en un piso “que no tiene internet pero que se puede pillar por cercanía de la UPC.”. Parece que el chico catalán, que la aguanto dos años haciendo un compromiso por la distancia, también se piensa ir.

Después de todas estas experiencias me quede con varias lecciones aprendidas:

  1. Prefiero cambiar mil veces y tomar mil decisiones equivocadas antes de conformarme con algo.
  2. No confiar en nadie más que en mi misma.
  3. La gente habla con mucha facilidad de cosas sin tener la menor idea de lo que dicen.

La película “L’auberge espagnol” cuenta que es muy complicado encontrar un piso en Barcelona, hasta no vivirlo en mi piel no pensé que sería para tanto. Por esto no hay fianza ni garantía de que podrás tener una vida normal.

2 comentarii

  1. Ostres!! quantes coses que et van passar…

    I ara per on pares?? A França?

    • Basel, Suïssa🙂


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